Sabios azucarillos de las 10.30 a.m.

No me gusta el azucar blanco. Hace años que procuro endulzar con siropes o miel el café, pero cada día, lo primero que hago cuando me sirven el café del esperado descanso de la mañana, es buscar en el platillo, junto a la cuchara, los azucarillos. No porque quiera ponerlos rápidamente en la bebida, sino, porque cada mañana leo un mensaje, una cita que interpreto a mi manera y que además, da pie a mantener unos minutos de conversación con los amigos sobre qué querrá decir esta cita, a veces absurda, otras que te saca una amplia sonrisa cuando más lo necesitas y por supuesto, escrita “para mi” porque estaba en “mi” café. No hace falta decir que, acto seguido, me pongo a urgar en los platos de mis compañeros a leer sus mensajes, con la única finalidad de tener un recurso más, buscar la manera sencilla de encontrar una frase asertiva, una afirmación positiva con algo de esperanza, que aporte su granito de arena para equilibrar la balanza de los acontecimientos desafortunados a lo largo del día. Si me gusta, la retengo, probablemente no la vuelva a recordar, pero sin embargo, mañana volveré a mirar mi mensaje, por si acaso, para que nunca me falte la sonrisa.

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